Una de las inesperadas consecuencias de estas elecciones en Colombia es que hemos tenido que comunicarnos con personas que hace mucho tiempo no aparecían en nuestras vidas. La temperatura de los comentarios en las redes sociales ha hecho que quienes no se interesaban por nosotros, repentinamente sientan la urgencia de decirnos cuán ignorantes somos, cuán equivocados estamos y qué maravillosos son ellos con su opinión política y su partido.
Hoy nadie
es indiferente a lo que sucede; todos tenemos algo en juego y por eso vivimos esto
con tanta pasión. Hoy siento miedo de muchos de mis compatriotas. Temo que esa amenaza
de ‘destripar a la izquierda’ tiene demasiados adeptos entre la derecha
radicalizada de hoy.
Ilustración del autor
Vivimos en un
tiempo de insultos, improperios y amenazas entre colombianos. No es para menos,
se trata de una decisión trascendente. Esta vez, más que en todas las
anteriores, los votantes sentimos necesidad de convencer a otros. Mucha gente
que no lo hacía hoy se atreve a opinar, a lanzar epítetos, a mostrar sus colores.
Así descubrimos que hay muchos colores entre nosotros.
Opinar
sobre estas elecciones se parece a lo que pasa después de tomarse media botella
de aguardiente y dejar las inhibiciones. Además, a la típica pasión que
sentimos los colombianos le tenemos que agregar la campaña de emberracamiento nacional
emprendida por el abelardismo. Desde que el candidato Abelardo De la Espriella
abrió la boca, el país se incendió. Hoy estamos en medio de ese incendio camino
a la segunda vuelta.
En este
clima, he venido teniendo una serie de diálogos con algunos de los interlocutores
a través de las redes. Este artículo lo inspiró una breve conversación con una amiga
con quien no nos cruzábamos palabra desde hacía años. Reapareció después de que yo
publicara mi más reciente artículo.
La alegría
que me causó saber de ella se desvaneció muy pronto, porque me escribía para anunciarme que votaría por el de la derecha a pesar de mi artículo. Le
dije que todos los errores del presidente Gustavo Petro no ameritaban que ahora
intentaran ellos imponerle a Colombia un gobierno de corte claramente fascista.
Respondió que "entendía mi preocupación”, pero que votaría por él porque
Colombia necesita ‘mano dura’.
Lo más
extraño sucedió cuando le reclamé que su candidato había anunciado que
destriparía a la izquierda. Me quedé frío cuando ella hizo una corrección al candidato:
“Abelardo se pasó usando la palabra ‘destripar a la izquierda’, yo diría ‘exterminar’”.
Incrédulo, le volví a preguntar y ella se reafirmó: ‘exterminar’ es un término
más apropiado.
Le agradecí
por haber tolerado la charla y me quedé pasmado ante lo que confirmé: una gran
cantidad de votantes de Abelardo De la Espriella aprueban, ansían, esperan y
desean el exterminio de la izquierda. Su voto parece un acto de venganza mal orientada.
En este Gran
Diálogo Nacional que estamos viviendo los colombianos en esta elección,
comprobamos que la fórmula funciona porque ya está inoculada por los acontecimientos
del pasado y la permanente propaganda. Los estrategas del odio solo tienen que
agitar al pequeño fascista que cada uno lleva dentro, y en eso ya son expertos.
Llevamos al menos una década viviendo en medio de una operación psicológica
masiva en la que le han venido abriendo una autopista a ese pequeño fascista
internalizado. El candidato de la ultraderecha consiguió radicalizar a millones
de colombianos que hoy se sienten como adalides en esta marcha hacia el fondo
del abismo.
Escucho la
voz de Hebert Castro en el la radio Transworld roja de la casa: “Eso me hace
acordar… del pobre Prealoca…”. Preocupa notar que el hombre ya goza entre su
gente de la misma inmunidad que poseen personajes como Uribe, Duterte o Trump. Algunos
de quienes lo siguen ya se comportan como miembros de un culto político-religioso,
lo cual hace temer a las consecuencias que eso pueda llegar a tener en la gente
que piensa diferente a ellos.
Especialmente
ahora que, queda claro, es evidente y visible que están dispuestos
a ir hasta las últimas consecuencias para perseguir y eliminar a sus oponentes.
Así nos lo dan a entender recientes acontecimientos como el arresto de Beto
Coral, el cierre del canal de Jimena Duzán, el anuncio del número de vuelo en
el que viajaba Daniel Coronell y otros detalles similares que nos dan a
entender que la persecución ya comenzó.
Última oportunidad, colombianos, para evitar que nos
llegue otra vez el fascismo a Colombia.
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