El triunfo oculto de estas elecciones
¿Recuerda
el Plebiscito de 2016 en Colombia? ¿Recuerda el resultado de esa elección? Esa vez también
ganó la derecha por un escasísimo margen menor al 1% (0,42%, para ser
precisos). A pesar de la mínima diferencia, el resultado le dio un giro
inesperado al país. En esa ocasión el rencor y el miedo fueron las emociones
que los estrategas de publicidad política aprovecharon para sacar a la gente a
votar emberracada. La misma estrategia que usaron en esta elección presidencial de 2026. El resultado es estadísticamente idéntico, lo que nos indica que si
queremos entender qué pasó el domingo 21 de junio, tenemos que revisar qué pasó
en ese entonces.
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| Maelstrom - Acuarela y tinta Ilustración del autor |
Siempre se
le pide a la izquierda que haga autocrítica. Este artículo no trata de eso.
Aquí voy a resaltar el triunfo oculto que esta elección esconde, porque el
hecho de que la derecha haya tenido que pasar a través de una purga interna es
indicativo de la urgencia que sintieron. La derecha tuvo que mostrar sus
fisuras y resolverlas en las urnas. Acabamos de ver la desarticulación del
uribismo tradicional y el nacimiento del neoribismo abelardista. Este proceso
costó cerca de 40 mil millones de pesos entre las campañas de la derecha, sin
contar lo que invirtieron otros partidos que forman la coalición.
No fue poca
cosa todo ese esfuerzo para conseguir ese menos del 1% extra para ganar. Esto puede
interpretarse como una señal de que una buena parte del país ha superado —por
edad o por aprendizaje— la tragedia del período guerrillero. No es que no haya
sucedido: es que ya no es lo que tienen en la mente como recuerdo de la
izquierda. Hoy suman prácticamente la mitad (48,70%, según el resultado en las
urnas) las personas dispuestas a preferirlo.
Los
colombianos ya saben que pueden votar por candidatos que no son de la derecha. En
Colombia se votaba para que ganara una versión u otra de la derecha, como si
esa fuera una obligación asumida durante los años cincuenta. Desde la muerte
de Gaitán en 1948, cada vez que aparecía una alternativa más liberal de
izquierda, la derecha la eliminaba físicamente. Así como generaciones de
estadounidenses crecieron sin poder imaginar un presidente negro, millones de
colombianos crecieron convencidos de que era imposible imaginar la llegada de
un presidente de izquierda.
Hace cuatro
años no solo ganó Gustavo Petro, sino que también se rompió la pared que
impedía que ocurriera algo así. Ahora es posible imaginar que puede haber
gobiernos de izquierda que respetan las instituciones democráticas y entregan
ordenadamente el poder a la siguiente coalición electa. Esta elección demuestra, con ese resultado tan apretado, que el poder se está balanceando a medida que
vamos atendiendo algunas de las causas del conflicto interno y la izquierda
logra espacios genuinos de poder y participación. El conflicto ya demostró que
no es eterno. La guerra ya no es la prioridad nacional, como lo era en los
noventa y durante el periodo del uribismo. El país tiene hoy un poco más de tiempo
y energía para atender otros de sus graves problemas sociales.
El paso de
los años y los efectos mismos del proceso de desmovilización van haciendo más
difusa y menos presente esa parte trágica de la historia del país. La
posibilidad de próximos presidentes de la izquierda crece a medida que se
acerca el horizonte generacional, cuando sean menos las personas que recuerdan
vívidamente ese dolor. Además, la realidad se impone: votamos por lo que
tenemos por delante más que por lo que ya pasó. La juventud de hoy siente más
proximidad con el estallido social de 2021 que con la guerrilla que ponía
retenes en las carreteras. Del mismo modo, en su memoria estará más presente lo
que vieron positivo durante el gobierno de Petro que lo que fue tan negativo con la guerrilla y quizás no vivieron.
La
izquierda colombiana ha hecho un largo y profundo recorrido a través de las
instituciones democráticas. Reclamarle a la izquierda modelo 2026 que tiene un
supuesto compromiso con la guerrilla es una narrativa mandada a guardar. Es
decepcionante ver que la derecha parece incapaz de reconocerlo. La retórica de
campaña ayudó a mostrar que muchas personas todavía están en esa Colombia del
rencor. La falsa acusación de que Iván Cepeda era guerrillero y otros términos
similares para él y sus seguidores surtieron efecto entre las personas que
esperaban a alguien que les hablara de mano dura.
Algo
importante sucedió durante esta década en Colombia. Más allá de que intentaran
sabotear el proceso de paz y el trabajo de la JEP, las personas más cercanas a
la izquierda han encontrado más oportunidades, más instancias para procesar el
trauma de la violencia del pasado. Entretanto, la derecha no ha encontrado las
instancias que le permitan procesar ese dolor que sienten muchas víctimas de la
violencia guerrillera y de otras violencias. Como no han tenido cómo procesar
su dolor, por eso son proclives a votar con bronca.
Bienvenidos
a la era del neoribismo y la nueva izquierda. Esta vez les costó una fortuna
defenderse en las urnas y les tocó dejar a varios de los suyos por el camino.
Mientras que la izquierda se vio obligada a votar en defensa propia por las
amenazas provenientes de De la Espriella, la derecha votó a la defensiva
electoralmente. El bloque De la Espriella–Valencia sumaba 50,66% en primera
vuelta; en el balotaje, De la Espriella llegó solo a 49,66%, un punto exacto de
fuga. Cepeda, en cambio, pasó de 40,90% a 48,70%: casi ocho puntos de
crecimiento entre una vuelta y la otra. La aritmética no deja dudas: a la
derecha le costó sostener lo que ya tenía, mientras la izquierda construyó.
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