Tuesday, June 23, 2026

Menos del uno por ciento

El triunfo oculto de estas elecciones


¿Recuerda el Plebiscito de 2016 en Colombia? ¿Recuerda el resultado de esa elección? Esa vez también ganó la derecha por un escasísimo margen menor al 1% (0,42%, para ser precisos). A pesar de la mínima diferencia, el resultado le dio un giro inesperado al país. En esa ocasión el rencor y el miedo fueron las emociones que los estrategas de publicidad política aprovecharon para sacar a la gente a votar emberracada. La misma estrategia que usaron en esta elección presidencial de 2026. El resultado es estadísticamente idéntico, lo que nos indica que si queremos entender qué pasó el domingo 21 de junio, tenemos que revisar qué pasó en ese entonces.

Maelstrom - Acuarela y tinta
Ilustración del autor
Una de las lecciones que podríamos aprender los colombianos está escondida allí, en esa coincidencia. El hecho de que en ambas ocasiones la derecha haya hecho ese gran esfuerzo económico, mediático, político y hasta internacional para sumar los pírricos dos pesos extra que todavía le faltan a la izquierda. Esto es señal clara de que el país ha dado un gran salto y va descontando años de desgobierno derechista. Lo lamentable es que con esa pequeña diferencia se hicieron al poder los tecnobros y los trumpistas. Parece que desde allí harán la guerra que han prometido y desharán muchos programas de atención social al estilo Milei, como han prometido.

Siempre se le pide a la izquierda que haga autocrítica. Este artículo no trata de eso. Aquí voy a resaltar el triunfo oculto que esta elección esconde, porque el hecho de que la derecha haya tenido que pasar a través de una purga interna es indicativo de la urgencia que sintieron. La derecha tuvo que mostrar sus fisuras y resolverlas en las urnas. Acabamos de ver la desarticulación del uribismo tradicional y el nacimiento del neoribismo abelardista. Este proceso costó cerca de 40 mil millones de pesos entre las campañas de la derecha, sin contar lo que invirtieron otros partidos que forman la coalición.

No fue poca cosa todo ese esfuerzo para conseguir ese menos del 1% extra para ganar. Esto puede interpretarse como una señal de que una buena parte del país ha superado —por edad o por aprendizaje— la tragedia del período guerrillero. No es que no haya sucedido: es que ya no es lo que tienen en la mente como recuerdo de la izquierda. Hoy suman prácticamente la mitad (48,70%, según el resultado en las urnas) las personas dispuestas a preferirlo.

Los colombianos ya saben que pueden votar por candidatos que no son de la derecha. En Colombia se votaba para que ganara una versión u otra de la derecha, como si esa fuera una obligación asumida durante los años cincuenta. Desde la muerte de Gaitán en 1948, cada vez que aparecía una alternativa más liberal de izquierda, la derecha la eliminaba físicamente. Así como generaciones de estadounidenses crecieron sin poder imaginar un presidente negro, millones de colombianos crecieron convencidos de que era imposible imaginar la llegada de un presidente de izquierda.

Hace cuatro años no solo ganó Gustavo Petro, sino que también se rompió la pared que impedía que ocurriera algo así. Ahora es posible imaginar que puede haber gobiernos de izquierda que respetan las instituciones democráticas y entregan ordenadamente el poder a la siguiente coalición electa. Esta elección demuestra, con ese resultado tan apretado, que el poder se está balanceando a medida que vamos atendiendo algunas de las causas del conflicto interno y la izquierda logra espacios genuinos de poder y participación. El conflicto ya demostró que no es eterno. La guerra ya no es la prioridad nacional, como lo era en los noventa y durante el periodo del uribismo. El país tiene hoy un poco más de tiempo y energía para atender otros de sus graves problemas sociales.

El paso de los años y los efectos mismos del proceso de desmovilización van haciendo más difusa y menos presente esa parte trágica de la historia del país. La posibilidad de próximos presidentes de la izquierda crece a medida que se acerca el horizonte generacional, cuando sean menos las personas que recuerdan vívidamente ese dolor. Además, la realidad se impone: votamos por lo que tenemos por delante más que por lo que ya pasó. La juventud de hoy siente más proximidad con el estallido social de 2021 que con la guerrilla que ponía retenes en las carreteras. Del mismo modo, en su memoria estará más presente lo que vieron positivo durante el gobierno de Petro que lo que fue tan negativo con la guerrilla y quizás no vivieron.

La izquierda colombiana ha hecho un largo y profundo recorrido a través de las instituciones democráticas. Reclamarle a la izquierda modelo 2026 que tiene un supuesto compromiso con la guerrilla es una narrativa mandada a guardar. Es decepcionante ver que la derecha parece incapaz de reconocerlo. La retórica de campaña ayudó a mostrar que muchas personas todavía están en esa Colombia del rencor. La falsa acusación de que Iván Cepeda era guerrillero y otros términos similares para él y sus seguidores surtieron efecto entre las personas que esperaban a alguien que les hablara de mano dura.

Algo importante sucedió durante esta década en Colombia. Más allá de que intentaran sabotear el proceso de paz y el trabajo de la JEP, las personas más cercanas a la izquierda han encontrado más oportunidades, más instancias para procesar el trauma de la violencia del pasado. Entretanto, la derecha no ha encontrado las instancias que le permitan procesar ese dolor que sienten muchas víctimas de la violencia guerrillera y de otras violencias. Como no han tenido cómo procesar su dolor, por eso son proclives a votar con bronca.

Bienvenidos a la era del neoribismo y la nueva izquierda. Esta vez les costó una fortuna defenderse en las urnas y les tocó dejar a varios de los suyos por el camino. Mientras que la izquierda se vio obligada a votar en defensa propia por las amenazas provenientes de De la Espriella, la derecha votó a la defensiva electoralmente. El bloque De la Espriella–Valencia sumaba 50,66% en primera vuelta; en el balotaje, De la Espriella llegó solo a 49,66%, un punto exacto de fuga. Cepeda, en cambio, pasó de 40,90% a 48,70%: casi ocho puntos de crecimiento entre una vuelta y la otra. La aritmética no deja dudas: a la derecha le costó sostener lo que ya tenía, mientras la izquierda construyó.

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