Tuesday, June 2, 2026

Colombia: La encrucijada de los ilusionados

La izquierda creyó tener el triunfo garantizado confiada en el espejismo de las encuestas. Por su parte, la gente que vota por Abelardo convencida de que su gobierno le traerá seguridad parece no darse cuenta de que así le está entregando el país a quienes quieren dominar al mundo desde Washington y América Latina desde Miami.

Muchos abelardistas se ofenden cuando se les acusa de votar por el fascismo. Los entiendo, me lo han dicho: ellos votan por la seguridad. Esa es la gran obsesión nacional que domina frente a todas las demás injusticias. En este país bendito, todos, sin excepción, hemos sido víctimas o testigos de la violencia por un celular, por herencia o por compromiso. Conocemos el peligro de cerca. Por eso, cuando alguien promete arrancar el problema de raíz, la gente se inclina sin dudarlo. Por miedo a la violencia, votan por el señor que ofrece hacer uso de la violencia para imponer el orden. A ese fascismo implícito en una fórmula tan sencilla es al que se refiere la izquierda cuando advierte que Abelardo es el candidato más peligroso que ha visto el país desde 2022.

La izquierda estaba ilusionada. Iván Cepeda siempre lideró en todas las encuestas, siempre alrededor del 40%. Ese fue un espejismo. Durante esta primera vuelta electoral, las encuestas técnicamente no mintieron; sin embargo, todo el mundo estaba convencido de que la izquierda iba ganando cuando las intenciones sumadas de la derecha siempre superaron el 50%. Cepeda solo conseguía más puntos que sus oponentes individuales, pero los votantes de dos de ellos se sumaron cuando encontraron en Abelardo de la Espriella un discurso más consecuente con sus verdaderas intenciones. La aritmética de las urnas era la realidad.

Hubo una migración veloz, un torrente de votantes que abandonaron a Paloma Valencia y se mudaron del uribismo tradicional al uribismo radical de Abelardo, que atiende mejor su obsesión histórica: la inseguridad. Por este factor, la izquierda ha sido demonizada —un poco por sus propias acciones y otro poco por la propaganda—. A la izquierda le ha costado décadas construir una mejor reputación respecto a ser respetuosa de la Constitución y las instituciones.

El problema de la inseguridad se vive en tiempo "ahora" y hoy el comando lo tiene el Pacto Histórico. Debido a la inmediatez de la violencia y la inseguridad, es obvio que muchos votantes asustados se inclinen hacia un candidato que les promete resolver los problemas de un santiamén y con mano dura.

Este llegó montado en los símbolos patrios, dice ser un outsider, ostenta su plata, es atrevido y promete usar al ejército para imponer ese orden beatífico, obvio que el colombiano promedio lo va a considerar. La chabacanería y el espectáculo han logrado catalizar el voto de una derecha que ahora siente reivindicada y no se ve obligada a negociar sino que en posición de exigir.

Álvaro Uribe se había dedicado a “centerizarse” para salvar su pellejo para la historia. La empalidecida de Paloma Valencia junto a Juan Daniel Oviedo provocó que millones de votos salieran volando a la casa vecina. Quiso pintar de “centro” a Paloma sin que dejara de ser la uribista rabiosa de siempre, pero el discurso duro lo traía el otro y ese era el que querían oír.

No creo que Abelardo fuera el Plan B de Uribe; era el Plan A de Trump. Hoy prima un nuevo adagio político: ‘Uribe is a liability’. Su pátina de invencible quedó comprometida en el caso contra Iván Cepeda. Al intentar suavizar su imagen para sobrevivir, Uribe demostró que ya no cuenta con la capacidad mental y política para crear un engendro tan parecido a si mismo en versión 2022. Sus estrategas creyeron que se ganarían al centro suavizando el discurso. La gente de Abelardo olió sangre y, como buen predador, fue tras ella.

Entendieron que la gente esperaba mano dura, no las medias tintas de Paloma y Uribe. Aprovecharon al más radical de los partidos, de nombre ‘sagrado’, “Salvación Nacional”, regentado por oficiales retirados, para decir lo que la gente quería escuchar: “Vamos a militarizar el país y a acabar con la izquierda que nos quiere volver como Venezuela”. Y fueron a votar por él en masa, con el jingle en los labios, felices de que alguien prometa imponer el orden a toda costa.

Abelardo De la Espriella es un producto político diseñado con la ciencia del mercadeo del siglo XXI. Un grupo de políticos y tecnócratas millonarios han atrapado la imaginación de los colombianos como antes atraparon el sueño americano para convertirlo en mercado. Con herramientas de propaganda aprendidas de los soviéticos, las campañas de nuestra era están dominadas por una tecnología de manipulación de masas que no existía hace algunas décadas. Además nos retroalimentamos en las redes.

Hoy las agencias saben que es posible construir un candidato en meses. Este candidato no existía, no tenía partido, pero tiene dinero propio, conoce a gente poderosa, habla el lenguaje tiránico de MAGA y promete ‘mano dura’ en un país donde la mano dura ha sido permanente. La fórmula estaba completa; solo hacía falta dinero, y eso es lo más fácil de conseguir cuando los amigos poderosos tienen intereses en la presa. En seis meses montaron a este Uribe 2022 redivivo en el cuerpo de un Bukele barranquillero.

La derecha también vive ilusionada por el espejismo de la seguridad. El miedo al peligro siempre inminente hace que la gente desee e imagine cosas que en otras circunstancias habría considerado aborrecibles. Parece increíble que todavía reaccionen a los demonios de siempre: Venezuela, comunismo, Chávez. Al escuchar la voz firme de su candidato sienten que van a acabar, por fin, con esa gentuza, "los enemigos de la patria", y que no los dejarán regresar al poder.

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