Friday, May 29, 2026

La corrupción como bandera

¿Cómo llegamos a este punto? ¿Por qué millones de personas abandonaron —en cuestión de unos pocos años y unas cuantas elecciones— los principios que atesoraban y defendían con pasión?

Foto del autor
Hemos sido sujetos a una prolongada y agresiva campaña de ingeniería social, una operación psicológica masiva (psy-op) desplegada a través de diversos medios: en la política, en las redes sociales, en los medios de comunicación, en la cultura, con el fin de hacernos más dóciles, confundirnos, separarnos y convertirnos en enemigos unos de otros. Nuestras divisiones actuales son muy reales, pero han sido amplificadas por el poder de las redes sociales y el uso de la propaganda política. Mientras tanto, los ricos y poderosos acumulan más poder y riqueza que arrebatan a los demás.

MAGA (las siglas del movimiento político creado por Donald Trump) hoy domina al partido republicano. Su insidiosa ideología y práctica políticas se han expandido por todo el mundo gracias a los millones de dólares de la corrupción internacional y al apoyo de los tecnócratas ultramillonarios.

La corrupción no tiene ideología. Corruptos puede haber en la izquierda, en la derecha, en las iglesias, en las escuelas, en las familias, en todo el mundo. Sin embargo, hoy existe un movimiento político global que ha convertido la corrupción en su bandera y el resultado no puede ser más preocupante.

Las elecciones primarias en Texas acaban de dar la señal más clara de ello cuando los republicanos nominaron al Senado, con el 67% de los votos, a un hombre que ha enfrentado acusaciones de fraude bursátil, soborno y abuso de autoridad, juicio político y un divorcio con acusaciones de adulterio. El apoyo de Donald Trump catapultó a Ken Paxton a obtener un triunfo que no habría conseguido si no fuera la clase de persona que es: corrupto y MAGA hasta los tuétanos. Hoy en Colombia el candidato Abelardo De la Espriella representa a esa clase política. Él es uno de esos políticos que dicen venir de afuera del establecimiento, pero en realidad están íntimamente comprometidos con la parte más corrupta de ese establecimiento.

Han creado una nueva clase de políticos que esgrimen esos actos con orgullo, convirtiéndolos en una de sus herramientas de propaganda más efectivas. Para quienes los observan desde la oposición, sus actos representan lo más sucio de la política, el uso de las herramientas del Estado y de la justicia para enriquecerse y acumular poder. Quienes los siguen los consideran señales de que son víctimas de supuesta persecución política. Entretanto, ellos se enriquecen a niveles astronómicos protegidos por esa pátina de dólares que los rodea y que los protege de la justicia.

En estos años la tribu MAGA ha sido convencida de que las instituciones democráticas son el villano de la historia. Rechazan la separación de poderes, los chequeos y balances del poder, un sistema judicial independiente, una prensa libre y honesta, los derechos civiles, la asistencia social, cualquier cosa que beneficie a los necesitados. En Argentina, Estados Unidos o Colombia, la consigna es la lealtad y el mal llamado ‘patriotismo’, a los que consideran más importantes que la competencia de las ideas. Antes, los conservadores eran acérrimos defensores de la ley y el orden. Hoy están convencidos de que la ley está para ser violada por sus líderes cuando les conviene, o para ser usada en contra de sus opositores cuando se acercan demasiado al poder. Cuando uno de sus políticos es denunciado por actos de corrupción, la derecha dice que se trata de 'persecución política' y aplaude. Cuando el corrupto pertenece al otro bando, ahí la derecha prefiere una justicia que ojalá los persiga y aniquile. Para ellos, el acto de votar es un acto de defensa de la identidad y no una elección de mejores políticas para la sociedad. Los militantes MAGA han sido transformados en repetidores de consignas que no solucionan problemas, convencidos de que lo único que importa es el líder.


No hace mucho era común escuchar a los conservadores hablar de responsabilidad fiscal, de recortar la deuda, de recortar el gasto público. Hoy esos principios están fuera del debate. Mientras más corruptos y más demandas en su contra tengan, más crecen sus candidatos. Mientras más virulento, agresivo y feroz es su discurso en contra de los pobres, las mujeres, los trans o los musulmanes, más los aplauden, más les perdonan, más los admiran. Votan por ellos sin necesidad de taparse la nariz porque huelen a lo que les gusta: dólares mal habidos.


De la Espriella, el Trump colombiano

En Estados Unidos este fenómeno se hizo visible en 2016 cuando los votantes republicanos prefirieron a un hombre que abierta y descaradamente les dijo que toqueteaba y abusaba de mujeres con la excusa de que tenía poder y dinero. Ese hombre hoy tiene mucho más poder y muchísimo más dinero, y no se ha detenido en su permanente abuso — algo que podemos testificar por el trato que ha dado a E. Jean Carroll o a cualquier mujer periodista que se atreva a hacerle una pregunta incómoda.

Donald Trump escribió el manual y Abelardo De la Espriella lo está siguiendo al pie de la letra en Colombia porque ya les funcionó. La táctica es brutal: un candidato decididamente machista, grosero, que lanza amenazas de violencia explícita, ataca a las periodistas, realiza el saludo militar después de haber eludido el servicio militar, cosecha escándalos propios y los de sus compinches, y se ufana de toda la corrupción posible porque sabe que sus votantes lo admiran por ello. En vez de horrorizarse por su evidente falta de ética y moral, sus seguidores lo aplauden, lo incitan y gritan en mayúsculas por las redes su devoción casi como una amenaza de violencia. Están convencidos de que su candidato va a ganar, no porque traiga buenas ideas o proponga soluciones a los problemas, sino porque creen que él puede derrotar a Gustavo Petro en el cuerpo de Iván Cepeda.

Como Trump, como Paxton, como De la Espriella, en la nueva política de la posverdad los problemas de corrupción y las violaciones de la ley son medallas que los políticos de la derecha hoy esgrimen con orgullo como señales de supuesta resistencia, de su posición anti-establishment, de su crueldad. Sus votantes se sienten identificados con esas actitudes de rudeza, convencidos de que están actuando en su nombre y en contra de aquellos a quienes ellos odian.

###