Tuesday, May 30, 2017

‘Glitches’ de nuestra era digital

Estoy seguro de que a usted le pasa algo parecido. A mi acaba de ocurrirme de nuevo. Estaba leyendo un libro, uno de esos viejos y venerados objetos que fueron graciosamente abaratados gracias a la invención del gran Gutenberg, y me encontré que necesitaba saber la hora. En vez de buscar el reloj de pared que tengo en frente, mis ojos derivaron inconscientemente hacia la esquina inferior derecha. Allí suele estar siempre expuesta la hora y la fecha en la pantalla de mi computador. En el papel, por supuesto, lo único que había era el número de página: 227.

Era digital, dibujo del autor
Otras veces, cuando leo un periódico o una revista, me descubro “apretando” con el dedo una palabra a ver si aparece el pequeño menú que me da la opción de definir su significado, algo que se ha hecho común en los celulares. Aunque mantengo a mano siempre un lapicero y mis muchos cuadernos, y me esfuerzo deliberadamente en mantener vivos los gestos análogos de mi existencia –escribir y dibujar a mano--, en más de una ocasión me habría gustado tener el poder de pasar el índice sobre un texto, guardar su contenido en una memoria temporal alojada en la uña o en los anteojos, no sé, y transferir el dato sin esfuerzo a mi cuaderno con otro gesto del dedo. Eso aún no sucede, pero cuando se popularice el papel digital, supongo que también se transformarán los medios impresos.

Ver televisión, algo que he hecho de manera analógica durante décadas, se ha visto trastornado por la irrupción de YouTube y Netflix y todos los nuevos medios interactivos de transferencia de video. Quedarme esperando a que pasen los comerciales sin poder acelerarlos o pasar de largo a través de ellos ha hecho de la experiencia de ver televisión algo que genera ansiedad.

Ni se diga cuando hay que esperar una semana para ver el siguiente capítulo de una serie o cuando llega el momento de los comerciales: ¿Dónde están los controles de video para adelantar? Cuando quedamos condenados a que la historia siga su propio ritmo entramos casi en pánico.

Recuerdo que cuando mi hija era una pequeña niña que crecía en un mundo de DVDs, solía pedirme a gritos que repitiera la acción que le había hecho reír. Do it again, do it again, me decía y yo trataba de explicarle que la vida no es como un DVD: Lo que ya pasó, pasó. No hay cómo volver a vivirlo sino en la memoria, le respondía sin lograr convencerla. Ella insistía: Do it again. Si la complacía, su segunda risa era una réplica de su felicidad original.

Cuando íbamos por la carretera en viajes largos y comenzaba a aburrirse, me preguntaba desde su pequeño asiento cuándo tendría suficiente dinero para cambiar mi viejo carro y comprarme una de esas modernas vans que ella veía pasar y envidiaba porque tenían pantallas de video en los respaldos de los asientos y sus pasajeros podían ver sus películas.

La verdad es que nunca llegamos a comprar una de esas camionetas con pantallas de video. En cambio, lo difícil hoy es convencerlas a ella o a sus hermanas de que levanten la mirada de sus celulares cuando vamos en el carro. Miren el mundo, vean por la ventana, a la realidad, les recomiendo. Y es que no quitan la vista de sus celulares. Por eso cuando uno les pregunta dónde estuvieron o dónde queda el norte o que nos den una dirección a la casa de sus amigos que ya visitaron, no lo saben, les insisto.

No las culpo. ¿Cuántas veces en los últimos días he tenido que pitarle al vehículo que va adelante porque no arranca después de que el semáforo ha cambiado a verde? Hoy los conductores leen de sus celulares mientas conducen por la autopista. Y cuando hay congestión, ni se diga. Esos tiempos vacíos que antes solían llenar la radio o una buena conversación, hoy se ha transformado en una escena de trabajo o de lectura que poco tiene que ver con el acto de conducir. Por eso estoy convencido de que los vehículos autónomos serán un éxito instantáneo una vez que sean aprobados: la gente prefiere actualizar su Facebook o mirar Netflix en vez de preocuparse por el recorrido, el paisaje o quienes viajan a su lado.

Como estas, hay muchas situaciones en las que el mundo digital ha irrumpido en los territorios de la realidad física. ¿Qué ocurre con los periódicos de papel? ¿Qué paso con las cadenas de televisión? ¿A dónde han ido a parar las librerías del barrio? ¿Qué ha pasado con las llamadas telefónicas y las conversaciones en un café? No han desaparecido pero se han reducido de manera drástica. Cada uno de nosotros puede hacer sus cuentas.

Pero, no hay que desesperar: el mundo análogo no va a desaparecer. En contraste con estos glitches de nuestro tiempo, hoy hay un auge tremendo del teatro. Yo creo que se debe, en parte, al hecho de que, en el fondo, lo que todos queremos es la experiencia humana. Ir a las tablas nos da la oportunidad de retornar al espacio donde se han concentrado todos los seres humanos a lo largo de la historia: en torno al fuego, en el anfiteatro, en el templo o la sede del sindicato, en el salón de clase o el estadio, allí donde nos contamos historias.

El mundo digital se ha inmiscuido en nuestra realidad análoga y la está transformado. Al mismo tiempo, más elementos de nuestra realidad se van transfiriendo al mundo digital. Cada día hay más elementos que nos atormentan o nos alegran, pero con el tiempo aprenderemos a movernos entre ambos mundo sin notar el tránsito. Así seguiremos transformándonos en seres duales que vivimos un poco aquí, entre átomos, y otro poco allá, entre fotones y electrones. Pero nada reemplazará una buena fogata con amigos, una cena a la luz de las velas o una noche de teatro.


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Monday, May 15, 2017

La mirada y el piropo

Lo admito, me encanta mirar a la mujer bella: en la calle, en el tren, en el bus, en el cine, en la tele, en mi casa, en mi cama. Cuando la miro, no siempre veo ‘su belleza interior’ ni tampoco la veo siempre de manera integral. Como los hombres que me leen entenderán, tengo la capacidad de ‘parcelar’ su belleza: me gusta esa curva de su cadera o sus pantorrillas o esa boca de labios gruesos o el abismo que estratégicamente construye con su blusa y su sostén en el pecho. Me gustan los detalles y puedo separarlos del individuo que los lleva.

"Close up or close down?", dibujo del autor.
Es una falla moral, según el feminismo, lo entiendo, pero es una habilidad o capacidad que me parece innata entre los hombres. No es una construcción cultural –aunque la cultura la exacerba- sino una característica implícita en el ojo del varón. Tanto que cuando vemos una curva de mujer, es difícil resistirse a girar la cabeza para confirmar si es cierta y disfrutar de la visión.

En mis años mozos, era un reto entre amigos aprender a lanzar piropos. Hasta hace unas pocas décadas esto era considerado parte del aprendizaje de ser hombre, pues se suponía que era una herramienta para la seducción y la conquista. Decirle a una mujer que era bella o que tenía los atributos que a uno le gustaban era, supuestamente, una forma de despertar su interés. En público, el resultado siempre fue desastroso. Reconozco que jamás un piropo despertó algo más que su indiferencia, una incómoda mirada de desprecio o un sonrojo. Mis amigos tampoco me reportaron que un piropo les haya logrado una mujer. Sospecho que debe haber excepciones, tal vez porque a ella ya le gustaba el caballero.

Decir piropos o resaltar la belleza de una mujer es una práctica que ahora reservo para mi pareja y que hago con cierto margen de privacidad. No es por temor. Al contrario: a mis años, sé cómo decir mejor las cosas, pero he decidido no hacerlo porque no quiero incomodar. Estoy seguro de que los neomachistas deben estar pensando que las mujeres me castraron y que me han arrebatado un derecho natural. Dejaré que piensen lo que quieran.

Mi experiencia cerca de las mujeres me ha enseñado algo que en mi juventud me era insospechado: para ellas, una mirada lasciva en público o una frase lisonjera cuando van por la calle no les resulta gratificante. Al contrario, esos son gestos que les incomodan e incluso les resultan agresivos.

La defensa de los hombres suele ser en este tono: “Bueno, pero entonces, ¿por qué se pone esa falda tan corta o un escote si no es para llamar la atención?”. Aunque lo hagan para llamar la atención, su propósito no es provocar una agresión, y eso es lo que muchas veces acabamos haciendo con la mirada o con la palabra. Reconozco que es muy difícil evitar mirar a una mujer bella que además hace alarde de esa belleza, pero, ¿no es posible hacerlo sin ofender o agredir?

Esta protesta la he visto en documentales feministas, pero la he recibido mejor de parte de mis hijas, que me han explicado cómo se sienten ofendidas, humilladas y agredidas cuando les dicen cosas al pasar o cuando las miran con exagerado interés. Las he escuchado hablar con sus amigas y, hasta hoy, no he escuchado a la primera de ellas que diga que le gusta.

Me parece que es un pequeño pero importante aporte aprender a ser discretos sin perder las libertades. Me parece que es posible encontrar un equilibrio entre disfrutar de la belleza que pasa a nuestro alrededor en el mundo pero sin que en ello se nos vayan la mirada y la vida.

Creo que este es un pequeño ejemplo de la revolución que nos falta completar a los hombres. Después de las conquistas de la mujer, nosotros no hemos aprendido a establecer nuevos caminos de comunicación y crecimiento. Creo que las mujeres ganaron mucho y aún deben ganar más en equidad, pero falta descubrir, aprender y desarrollar los nuevos roles que como hombres debemos ocupar en la sociedad, ya no como el macho de la pareja, sino como el compañero y aliado.

La reacción contra el feminismo ha provocado una oleada de neomachismo, pero sus alcances pueden ser limitados si desde nuestra trinchera personal hacemos la tarea. Son muchas las cosas que podemos modificar para asociarnos mejor a las mujeres empoderadas de hoy sin necesidad de confrontarlas, agredirlas o destruirlas. Los hombres tenemos el deber de dejar de ser opresores y debemos aprender a convivir sin por ello perder el ímpetu constructivo que nos caracteriza.


De modo que, mirar, sí, pero sin ofender.

Wednesday, March 8, 2017

Un manifiesto escrito el Día de las mujeres

Neutral. Como periodista me piden que sea neutral, que no me inmiscuya en las batallas, que no me meta *, que deje que las cosas sigan su curso y yo simplemente ‘reporte’. Que no opine, que mantenga en silencio mi forma de ver las cosas y tan solo describa los hechos como son, sin interferencias propias, con plena objetividad.

No, no se puede ser neutral frente a ciertas cosas en el mundo. Hay asuntos que requieren de adjetivos, de ciertos tonos de voz, de descripciones que vayan un poco más allá, que le otorguen al relato un nivel más de profundidad, algo que humanice la acción, que la acerque al oyente/lector. Me declaro impedido –por principio, aunque no imposibilitado—de indiferencia: no puedo pasar describiendo los sucesos del mundo sin sentir que formo parte de él.

En las crónicas es valioso el aporte del observador. El narrador incluye descripciones más detalladas de los acontecimientos y de los actores que los viven. La crónica puede establecer un contacto íntimo con la audiencia, con ella se puede entrar a mundos diversos, ajenos, difíciles de entender de otra manera. Pero el cronista se revela, se deja ver, no huye del relato, no se declara ajeno: participa.

En la opinión, en cambio, en El Opinón, aunque intente ser objetivo en sus análisis y aunque eche mano de todas las herramientas narrativas a su disposición, el escritor es un actor de la historia, se muestra con su personalidad y se deja ver sin cortapisas, sin tapujos, sin ocultamientos. El lector en ese caso no espera neutralidad, no espera indiferencia: lo que espera es pasión, integración, compenetración o rechazo de lo que el autor manifiesta. En este caso la audiencia busca identificarse por similitud o por oposición, pero no quiere que El Opinón permanezca ajeno a los hechos o a lo que el lector espera.

*¿Ha visto usted fotografías de la hambruna en Biafra? Cuando se piensa en ‘niños hambrientos’ y se recuerda alguna de aquellas imágenes de absoluta tristeza e indignidad, la mayoría de las personas hoy vivas tienen en su memoria una de esas fotografías de aquella horrible hambruna ocurrida en esa provincia nigeriana. Aunque Sudán del Sur se acerca peligrosamente hoy a replicarnos esa situación y el mundo, en cambio, sigue obsesionado con el peligro que representan el presidente Trump y el zar Putin. Lo que quiero resaltar es que esas fotos son trascendentales y no habrían sido posibles ni habrían cambiado el mundo si los reporteros gráficos que la documentaron se hubiesen dejado arrastrar por la desesperación y la angustia que les ocasionaba ver tanto dolor. Su trabajo era reportar, mostrar, dejar que el mundo supiera y nunca olvidara. Neutral, absolutamente neutral, esa también es una actitud y un valor supremo del periodismo que respeto en toda su dimensión. Cuando me toca, lo hago así, pero aquí no: aquí yo estoy expuesto a fondo.

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Monday, February 20, 2017

Trump, Putin y la Nueva Cruzada: Manual para entender a Donald Trump III

En esta entrega tratamos de demostrar el vínculo ideológico que ha convertido a Donald Trump y Vladimir Putin en aliados.
Flynn, en el centro a la izquierda sentado al lado del presidente ruso Vladimir Putin at en un evento el año p[asado para celebrar el 10o aniversario de RT, la cadena de noticias y propaganda del Kremlin. (Michael Klimentyev/Sputnik via Associated Press)

En pleno día de San Valentino, en Pennsylvania Avenue, en vez de la celebración romántica y cursi tradicional, se sufrió la partida de un gran amor: renunció el ex general Michael Flynn, uno de los ideólogos del presidente Trump. En un día diseñado para la dulzura del chocolate y el aroma de las rosas, en el corazón de Washington DC se saborearon amarguras.

La pesada nube rusa que pende sobre la Administración de Donald Trump luce oscura y la Casa Blanca hace esfuerzos denodados por hacerla desaparecer. La renuncia del asesor de seguridad nacional marca el primer punto de inflexión para la Administración Trump.

Antes y durante la elección presidencial, la presencia del ex general Michael Flynn era una extraña figura que acompañaba al Candidato y le daba un cierto toque de exotismo, con sus relaciones con Ucrania y Rusia y con esa fama de consumir y admitir las más extrañas conspiraciones. Ex empleado del régimen de Rusia a través de la cadena de propaganda y noticias RT, Flynn llegó con aroma a vodka a la Casa Blanca.

Una vez confirmado el triunfo de Trump, el anuncio de que Flynn sería el consejero de seguridad nacional –uno de los cargos estratégicos más importantes del gobierno en EEUU-, la historia comenzó a volverse surreal. ¿De veras Donald Trump iba a poner a ese personaje a susurrarle tan cerca del oído, tanto que sus palabras serían capaces de opacar las demás?

No solo era cierto sino que iría todavía más allá: durante semanas, el único reporte de inteligencia que recibió el Presidente electo fue el de Michael Flynn. Es decir, él fue el encargado de ofrecer al futuro presidente la información que usaría para determinar quiénes serían sus colaboradores y cuáles serían sus propiedades en materia de seguridad nacional y relaciones internacionales: de ese tamaño era su responsabilidad.

En otras palabras: Flynn ayudó a determinar cuál sería la dirección que tomaría el gobierno de Donald Trump. Todas las decisiones tomadas en esos días cruciales estuvieron marcadas por los consejos y asesorías del ex general.

¿Por qué el ex general y sus secuaces buscan acercarse a Rusia, el enemigo tradicional de EEUU durante el siglo XX en detrimento de sus aliados europeos? En El Opinón creemos que Trump y Putin creen que juntos pueden enfrentar lo que ellos consideran la guerra que define nuestro presente y marcará nuestro futuro: la Nueva Cruzada, un enfrentamiento total con el mundo del Islam.

Flynn no era el único anti-islamista en la Administración. También lo es Steve Bannon, el más cercano consejero del Presidente, la Eminencia Gris, el poder detrás del poder. Sus preferencias ideológicas no han estado ocultas sino que han estado a la vista desde hace años. Una pequeña búsqueda en Google con las palabras “Bannon islam” trae una hilera larga de artículos recientes y antiguos en los que se referencia, entre otras cosas, su película, pero el más preciso de todos es este titular de Independent: “Steve Bannon allegedly said he 'believes the West is at war with Islam'”.

Tal cual: ese es el propósito a largo plazo del gobierno de Donald Trump: la guerra entre Occidente y el Islam. Y, para hacerla, su mejor aliado es Vladimir Putin, porque él no se detiene a pensar en las minucias del bienestar social o el altruismo. Putin es un líder frío y calculador que está dispuesto a correr los riesgos que considere necesarios para lograr sus objetivos. En este momento me viene a la memoria el terrorífico asalto al Teatro Dubrovka en Moscú y el aún más terrorífico asalto para recuperarlo en el que las fuerzas especiales rusas no lo pensaron dos veces para usar un gas que, ciertamente eliminó la amenaza, los 40 atacantes chechenos que habían sobrevivido, pero también mató a 125 de los rehenes.

Ese es el tipo de aliado que Trump quiere y no el que hoy aún gobierna en Europa y que en Estados Unidos tuvo a su último y más claro representante en Barack Obama: el multilateralismo. Para el magnate de Nueva York, busines is business. Para Putin el poder es el poder.

Lo más peligroso de todo es que los islamistas radicales –quienes tienen una agenda geopolítica equivalente- van a jugar un papel fundamental en este juego de estrategias, porque a ellos, más que a nosotros, les conviene una confrontación directa con Occidente. Ese es el alimento para su máquina de guerra. Lamentablemente, uno no puedo sino suponer, como suelen decir los funcionarios de la CIA y del FBI, que el tema no es si van a atacar, sino cuándo. De hecho, aquí hay una declaración en la cadena Fox News del mismo ex general Flynn en la que dice exactamente eso: “Not if but when” y admite estar asustado por ese enemigo. Ciertamente un ataque terrorista en EE.UU. aceleraría ese proceso de manera impresionante.  

A esto hay que agregarle que ideológicamente Bannon, Flynn y Putin, además de una buena parte del Partido Republicano, son hermanos en otros asuntos como su fe religiosa, su moralismo y el desprecio por la diversidad. De ahí que los supremacistas blancos hayan recibido el impulso que les dio la campaña de Trump.

No sabemos si la alianza Putin-Trump se va a lograr. Al fin de cuentas, en la memoria de muchos políticos republicanos y demócratas aún permanece vivo el recuerdo de la URSS y la Guerra Fría, y esos son un odio y un miedo que aún viven en muchos de ellos. Pero para las generaciones posteriores es una mera referencia en los libros de historia y las películas de espionaje. Además, para muchos políticos lo que importa es el pragmatismo. He ahí que Mike Pence, Paul Ryan y Mitch McConnell no han intentado frenar los planes del nuevo gobierno.

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Tuesday, January 31, 2017

La guerra contra los medios: II- Pequeño manual para entender a Trump

Donald Trump, el hombre más mediático que ha llegado a la política, emprendió desde el primer día de campaña una guerra contra los medios de comunicación y esta solo ha arreciado desde el momento que se hizo presidente. Sin embargo, su propósito no es destruirlos –ya que son su mejor herramienta de propaganda- sino neutralizar el poder de indagación que tiene la prensa y manipularla para su beneficio.

Trump no es el primer líder populista en utilizar esa estratagema, pero sí ha sido el más efectivo y el que mejor conoce la manera de hacer que todos los medios, los que están a su favor pero, en especial, los que están en contra, trabajen para él.

Un ejemplo cercano de esa estrategia que conocemos los latinoamericanos es Venezuela, que ha aprendido muy bien de la escuela de control social y la sociedad policial que durante décadas ha desarrollado el régimen comunista de Cuba y que Hugo Chávez supo muy bien aprovechar. Hoy, casi dos décadas después de su llegada al poder, la gran mayoría de los periódicos, canales y recursos de información están en manos del Estado o de aliados del chavismo. Los medios que aún se atreven a oponerse al régimen tienen media mordaza en la boca (la vigilancia permanente del Estado, que controla el lenguaje y el tipo de información que se puede publicar) y una mano atada a la espalda por la falta de recursos (los dólares los maneja el Gobierno).

De modo que Venezuela es un ejemplo parcial de lo que podría llegar a pasar con los medios de comunicación en EE.UU. Sin embargo, sirve como advertencia y acicate para evitar algo similar aquí.

En la guerra por “la verdad y los hechos”, la iniciativa está en el campo de Donald Trump. La mayoría de los medios están trabajando en modo reactivo, puyes apenas si alcanzan a reaccionar a los permanentes acontecimientos mediáticos generados por Trump y los constantes ataques que él y sus mensajeros lanzan. Cuando las juntas editoriales y los columnistas responden a un tuit del presidente, ya es tarde. Cada una de las escaramuzas que hemos visto ha sido ganada por él.

El problema radica en que no hemos asimilado el objetivo del Presidente, cuál es su propósito en esta pelea contra el The New York Times, el Washington Post, CNN, MSNBC, el Huffington Post, las estrellas de Hollywood, en fin, the liberal media.

Donald Trump no quiere destruir a esos medios. Los necesita. Al fin de cuentas son su caja de resonancia, son los multiplicadores de sus palabras y de sus ideas, los propagadores del miedo y la desazón en los que naufraga la mitad del país y el resto del mundo. Si los medios decidieran un día boicotearlo y dejar de repetir su mensaje, si en un acto de heroísmo colectivo todos decidieran ignorarlo (algo casi imposible, lo sé), a partir de ese momento el agua comenzaría a retornar al molino. Como eso no va a suceder, hay que tratar de comprender su objetivo y actuar en consecuencia, con ese conocimiento en mente.

Cada vez que Donald Trump y sus voceros lanzan un ataque contra un periódico, contra un periodista en particular, contra un canal, lo hace de una forma deliberada que él conoce muy bien y le produce dividendos inmediatos, precisamente a través de la reacción que obtiene de los medios.

Veamos* en detalle qué logra Trump con cada una de esas peleas:

--Mantiene la iniciativa
--Neutraliza a los medios y los mantiene en modo reactivo
--Distrae del tema en cuestión y pone el foco en el mensajero
--Convierte al medio en ‘el enemigo’
--Consigue la multiplicación viral de su mensaje (y del insulto)
--Incrementa el nivel de miedo/desprecio en la oposición (su alimento)
--Reina la confusión y la impotencia en los opositores (se enojan)
--Agita a sus seguidores, que ahora lo adoran más (su sustento)
--Dejan de escuchar/leer/creerle al medio: solo escuchan al jefe
--Como no cambia ni corrige ni se disculpa, luce todavía más poderoso
--Los que se sienten ofendidos e indignados lucen débiles y blandos
--Desgasta la credibilidad del medio: se hace inmune a las críticas
--Trump luce ganador; el oponente luce perdedor

*Nota: Esta es una lista parcial de beneficios, apenas lo que alcanzo a compilar por ahora. Habrá más a medida que pase el tiempo. Además, es apenas una enumeración sin explicación. Hay mucho para decir de cada punto. Quizás sea trabajo para el futuro de este Pequeño Manual.

Como todas las buenas guerras, esta es una que los protagonistas no quieren que acabe. Mientras más dure, más les favorece. En este caso, Trump es el equivalente al industrial dueño de las fábricas de armamento que se beneficia de que la guerra continúe, pues es lo que le permite seguir produciendo y ganando. Él no busca aplacar a los medios y vencerlos ni romperles la columna vertebral. Si la guerra terminara, acabaría su existencia. De modo que él mismo se encargará de mantener este ritmo de combate y querella.

Por otra parte, irónicamente a los medios les ha resultado muy conveniente mantener esta pelea cazada y sostenerla con intensidad. El beneficio es mutuo: Trump se ha convertido en la mejor fuente de sustento de los canales y los periódicos, el generador de ratings y audiencias. En el fondo, los inversionistas deben estar agradecidos por lo que ocurre, pues aunque Trump les resta influencia, a la larga les incrementa la relevancia. Claro, siempre y cuando no se sature al público.

Esta contraparte del fenómeno debe ser evaluada con más atención, pues en ello se juega el valor moral y ético y el papel del periodismo. Los efectos pueden tener grandes consecuencias a futuro en cuanto al rol que juegan los medios en la sociedad. Eso, sin embargo será materia futura para El Opinón.


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Monday, January 30, 2017

I- Pequeño manual para entender a Trump

"Trust Me", caricatura del Autor
Creo que al fin estoy comenzando a entender –un poco- lo que está ocurriendo en el mundo bajo el dominio de Donald Trump. Me ha costado un gran esfuerzo. Mi instinto político ha necesitado de estas semanas para atravesar las diversas capas de ansiedad, miedo, incertidumbre y bronca que me produjo el triunfo de los republicanos liderados por el magnate de Nueva York. Digamos que se ha abierto una rendija de claridad en medio del caos y la oscuridad y quiero compartir lo que he aprendido.

Para no extenderme demasiado en esta entrega, procuraré enfocarme un uno de los aspectos que distingo. En otras entregas posteriores espero dilucidar otros elementos.

La primera recomendación para mis amigos periodistas, liberales, progresistas, demócratas y rebeldes en general: No subestimen al líder ni a sus seguidores. El hecho de que no entendamos su lenguaje, que nos parezca ramplón y chabacán, que nos parezca errático y desorientado, todo eso es mera apariencia, una vieja herramienta utilizada por los líderes populistas. Los únicos perjudicados al sostener esas opiniones son los oponentes de Trump. Él se regodea en ello, disfruta y aprovecha la desesperación de quienes tratan de frenarlo con sus críticas.

Es cierto que Trump manipula la opinión de sus seguidores, pero es magistral la forma como consigue que sus oponentes y críticos hagan la mayor parte de ese trabajo por él. Los ataques que la izquierda, los demócratas, los intelectuales, los activistas, los medios e incluso unos pocos republicanos indignados lanzan en su contra –muchos de ellos llenos de insultos e improperios, otros descalificando sus capacidades intelectuales e incluso diagnosticando supuestos males mentales-, no debilitan a Trump ni a sus seguidores sino que lo fortalecen. ¿Cómo?

Su táctica suele tener dos partes con las cuales logra convertir los ataques de sus oponentes en instrumentos a su favor:
  1. La queja: cuando Trump se queja de lo mal que lo tratan invierte la ecuación y se pone él en la condición de víctima (a pesar de poseer todos los instrumentos del poder), provocando de inmediato, a) la solidaridad y la identificación de sus seguidores que se sienten igualmente víctimas, y, b) convirtiendo al crítico en un injusto agresor.
  2. El ataque al mensajero: cuando Trump se burla de sus críticos y los ataca (generalmente en el mismo mensaje o quizás en uno que publica casi de inmediato) suele poner al crítico a la defensiva y de paso distrae del asunto en cuestión, de aquello por lo que estaba siendo criticado: no responde a la pregunta ni cambia de opinión. Además suele darles a sus seguidores una razón para sonreír, pues el lenguaje que usa, a veces casi infantil, es divertido para ellos.


Para ilustrar esto podría usar cualquiera de los tuits que el presidente manda, pero solo voy a citar uno de los incidentes más recientes…

Los senadores John McCain y Lindsey Graham son dos de los escasos legisladores republicanos que han criticado la orden de prohibir el ingreso de refugiados y los visitantes de siete países de mayoría musulmana. En un comunicado conjunto, los senadores dicen que temen que la orden ejecutiva sea percibida en el mundo como un rechazo a los musulmanes y con ello se convierta en una herida auto infligida en la lucha contra el terrorismo.

La respuesta de Trump no se hizo esperar: “La declaración conjunta de los excandidatos presidenciales John McCain & Lindsey Graham está mal –son tristemente débiles en inmigración. […] los dos senadores deberían enfocar sus energías en ISIS, la inmigración ilegal y la seguridad de la frontera en vez de siempre buscar comenzar la Tercera Guerra Mundial”.

En su respuesta, con pocas palabras Trump logra varios objetivos: les recuerda que ambos perdieron sus candidaturas presidenciales; les dice que están equivocados por ser débiles en inmigración; los acusa de ser ellos los que buscan comenzar una guerra. No intenta jamás explicar o responder a la crítica, simplemente se deshace del crítico resaltando lo que él y sus seguidores ven como debilidades. A ello se agrega que quienes detestan a Trump utilizan su respuesta y la replican en artículos (como este), mensajes por las redes sociales y más, para resaltar sus supuestas incongruencias o fallas: no se dan cuenta de que con ello se convierten en propagadores del mensaje denigrante de Trump hacia los senadores, en multiplicadores del insulto. El verdadero problema –la crisis humanitaria que la orden ejecutiva está comenzando a provocar- queda relegada a un plano de inexistencia en la discusión.

En este contexto, el trabajo del medio de comunicación debe ser ‘dar la noticia’, por supuesto, y el de los críticos y analistas debe ser ‘analizar y criticar’, claro, y el de los activistas debe ser ‘la acción’. Sin embargo, debemos ser más ingeniosos de lo que hemos sido hasta ahora para ser más efectivos. De eso comenzaremos a hablar en la próxima entrega de El Opinón.


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Tuesday, January 3, 2017

A orillas del río Fobos

Hace meses que vivo a orillas del río Fobos. Por su corriente baja el miedo, convertido en una sustancia espesa, pegajosa, pesada que avanza inexorable como un río de lava que hipnotiza con sus lentos estertores y sus fétidos aromas.

"No hay humanos ilegales", foto del autor
Corriente arriba escucho el ruido de las ruinas que bajan amenazantes, el quebrar de troncos que, como esqueletos milenarios, se rompen ante el peso insalvable del terror que se acerca y arrastra en una corriente revuelta los restos de la civilización.

Como si fuera un manglar, estoy atrapado a la orilla de este río, incapaz de escapar. Mis pies, como raíces, están atascados en el fango de la historia: no puedo dar un paso hacia adelante para incorporarme al pánico, ni dos pasos atrás para escapar. Parece que estoy condenado a que me arrastre esta fuerza incontenible.

Por mi mente cruzan mil preguntas y las repuestas no hacen sino incrementar la angustia. Quiero saber si podríamos haber hecho algo para eludir este destino de pavor o si esto era algo que estaba escrito en las leyes de la insondable naturaleza humana. Escucho una voz que me dice: “Lo hecho, hecho está”. Otros son los que ríen.

Desde el norte llega una voz que habla con frases incompletas e inconexas. Quiero descubrir una señal que alivie la ansiedad, pero no la oigo. Un ejército de políticos avezados, de abogados estudiados y de magnates agigantados avanza sin pausa para tomarse todas las instancias del poder y desandar lo andado.

Al sur, haciendo eco en la pared que se yergue inmensa, escucho un clamor remoto de almas que luchan y se resisten. Su voz me alcanza como un viento refrescante. Muevo un pie, después el otro. Con esfuerzo consigo desprenderme de este fango pegajoso y me alejo de la orilla.

Desde la distancia puedo ver el desastre que el miedo causa. Es hora de moverse.


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